domingo, 14 de diciembre de 2008

Marina (III)

Cuando hablaba de eso que le daba felicidad los fines de semana, yo recordaba esos momentos que me hacían feliz junto a ti. Como cuando hicimos nuestra propia tragicomedia en el coche de tu hermano el día que fui a conocer a tus padres. Ya que ha pasado tiempo y que ya no tiene sentido recordarlo, prefiero utilizar la imaginación y recrear ese momento a mi manera. Conducías con prisa y sin pausa porque no querías llegar tarde, desde que salimos de Madrid empezaste con esas frases intermitentes que siempre te acompañan en momentos de tensión, y para calmarte –o contenerte- yo encendí la radio, que funcionaba de forma manual porque era símbolo de la nostalgia de tu hermano hacía los últimos años de la década de los ochenta, y comencé a cambiar de emisora intentando encontrar alguna melodía que te gustara, sin embargo, las emisoras iban pasando y en cada una lo único que lográbamos escuchar eran trozos de canciones, frases sueltas y gags comerciales, entonces súbitamente comenzaste a reír de forma muy leve, como si quisieras esconderme el motivo de tu congratulación, fue justo cuando logré sintonizar esa canción pop que decías que te recordaba a tu novio de instituto, yo no me sorprendía, ya se sabe que la gente con un poco de sensibilidad hace de algunas canciones la banda sonora de su vida y es inevitable que nos evoquen situaciones, ambientes o personas.

Dado que la humillación gratuita es algo que no me gusta, no hice ningún comentario al respecto porque esos pedazos de tu pasado son cosa tuya. Después te dije que si te gustaba esa canción podría dejar esa emisora, tú dijiste que no, que esa podría ser la emisora del pasado y que a veces era mejor invocarlo pero no removerlo, yo no lo entendí muy bien pero te dije que eso no importaba porque el punto es tratar de centrarse en el futuro. No lo hubiera dicho, el exabrupto que tuviste se me ha grabado en la memoria tan nítidamente como la silueta de tu cuerpo. Sin embargo descubrí algo interesante: a través de las canciones que sonaban en la radio podríamos vislumbrar el futuro. Te empecé a hablar sobre el hecho de que si la canción pop que acababa de terminar te recordaba a tu amor de instituto, seguramente la que le seguía te recordará a mí en algún momento. Me dijiste que era una estupidez, y seguramente lo sea, pero desde ese momento yo asocio Wonderwall de Oasis con el gesto burlón que hiciste cuando te dije lo de que el futuro es lo importante. Dado que estaba lo suficientemente nervioso para discutir contigo, opté por mi “estrategia caracol”, la que conocías bien, y que no es otra cosa más que cerrar mi coraza y retraerme en mí mismo, sin decir nada, sin soltar prenda, sin opinar. De repente me dijiste que la advertencia del futuro lo hecha a perder, que era como esos rollos raros míos sobre el Apocalipsis y las trompetas de los ángeles invisibles, tú sabiamente reconocías que el futuro no se puede anunciar y me lo dejabas en claro cuando cambiaste de emisora y de tu boca salió eso de que “el futuro no existe, idiota”.


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