sábado, 7 de febrero de 2009

Marina (V)

Creo que me he equivocado, sí que creo saber a dónde quiero ir, quiero volver al pasado, quiero retroceder en el tiempo e ir a la noche en la que nos conocimos ¿la recuerdas?. Te conocí en “El pecado”, no por la transgresión y el defecto -que vendrían después- sino por que era el único bar que permanecía abierto hasta el amanecer todos los martes, cuando empezaban a llegar los taxistas. Recuerdo que ese día estuviste bebiendo margaritas con tus amigos en el restaurante, el cubano no dejo pasar la oportunidad y empezó a charlar con Celia y a decirle lo mismo que a todas: que bonito se vería su figura reposando en las playas de Varadero; que ella podría caminar a mitad de la noche y él la encontraría por el brillo de sus ojos y demás pleonasmos que llegué a memorizar. Mientras, yo iba y venía de la barra a la cocina y apenas pude cruzar palabras contigo y con tus animados colegas que disfrutaban de lo que es ser un joven profesional urbano en una ciudad como Madrid mientras hablaban mal de un tercero que obviamente no estaba entre ustedes. He de reconocer que no me impresionaste.


Fin de jornada y dado que la técnica “playa cubana” había funcionado nos dirigimos derechito a “El pecado”. Yo me sentía cansado pero aun así me decidí a seguirlos, no quería llegar al sitio donde vivo y ver las películas pornográficas de la madrugada como solía hacer antes de conocerte. Tras la repartición de bebidas yo me tumbe en el sofá más próximo y me encerré en mi mutismo de siempre, en realidad era hartazgo nocturno, y veía como los grupos se entremezclaban al compás del afro-beat que sonaba en el bar. A medida que la noche se consumía, tú te sentaste a mi lado y dijiste - ¡Qué carácter! – con esa sonrisa de chica inocente, yo no pude sino contestar – ¿De qué hablas? -. Charlamos sobre menudencias e intercambiamos información vital, sobre todo del tema laboral y del stress que produce cuando lo tienes y de lo aburrido que resulta no tenerlo. Acto seguido me invitaste a bailar porque ya era muy tarde y nadie te lo había pedido, yo acepté más que nada por educación que por otra cosa. Fue a partir de ese momento, en que me pediste que bailara a la mexican way of life, es decir, muy pegaditos el uno del otro, en el que me di cuenta que eras guapa y que estabas muy susceptible en cuanto al cariño masculino, si de entrada me hubieras dicho que el chico aquel primero te dijo que sí y después que no, mi reacción hubiera sido la misma. Cuando yo estaba hablando sobre lo difícil que me resultaba seguir tu ritmo, me tapaste la boca con la mano izquierda y dijiste: