martes, 6 de octubre de 2009

Colombia ceronueve

Locombia, cocalombia, chibchombia, malformaciones lingüísticas para describir a un país inverosímil, bello y eterno: Colombia. Regreso de mi primer viaje a una gran urbe latinoamericana cargado de buena onda e ilusiones y me invade esa sensación de paz que implica el volver a un sitio donde al menos, la estabilidad está garantizada. He conocido a gente entrañable y he estado en sitios únicos; gente por la que apostaría mi confianza y lugares en los que sólo se puede soñar, es más, incluso me atrevería a decir que me mimeticé con el ambiente. Pero es quizás esto lo que más me preocupa, los colombianos –los que no son narcos o guerrilleros, criminales que se escudan bajo cualquier consigna, o políticos de cualquier color- son gente noble y amable, y en el vía crucis que implica vivir en ciudades aceleradas como Bogotá, es donde radica su cruz y su penitencia. Generalmente, su extrema amabilidad en el habla y en los modales cotidianos, se convierte en amargura cuando se le incita y ofrece al foráneo cosas que no requiere, que ya tiene o que simplemente no desea tener, con el inconveniente de que –generalmente- el rechazo involuntario lacera las buenas intenciones de los locales. Aunque sinceramente, a estas alturas, creo que los colombianos ya estarán acostumbrados al rechazo buenechón y sincero.

Bogotá merece mención aparte; la capital es densa, compleja, es un crisol de contrastes tan gráficos que hacen que el sentido trágico de lo social se diluya en el día a día, por eso los que viven ahí no se dan cuenta del tráfico estrambótico que sufren y se encuentran inmunizados contra la virulencia que es el contabilizar a dos méndigos por calle en la zona centro, de la Plaza Bolívar a la Torre Colpatria y de la quinta a la 29. Me atrevo a afirmar que Bogotá es la representación más exquisita de las urbes latinoamericanas de hoy en día, por eso, cuando estaba esquivando autobuses colectivos de ímpetu asesino y vendedores ambulantes maliciosos, no podía dejar de pensar en mi amada Ciudad de México.

Cabe añadir algo importante: el realismo mágico –si existe, ya que éste se ha magnificado y se vende como producto de exportación por las instituciones colombianas-, esa agradable farsa que se encuentra fuertemente afianzada en la clase media como un producto de consumo cultural masivo más, se deja sentir cuando a las 2 de la madrugada, caminando por la zona fantasma que es la Plaza de San Vitorino, se vislumbra a parejas de habilidosos jugadores de ajedrez, que en mitad de la noche, mientras se enfrascan en sesudas disputas logísticas para vencer a su adversario, retan a la soledad y al miedo impuestos por los narcos y sus bombas, por los delincuentes que ultrajan lo ajeno sin piedad y matan por el placer de hacer algo; por los ebrios y mendigos que en sus delirios seguramente crean que están en el mejor de los países y que el mundo les hizo así; por los policías ausentes que se vuelven cómplices con su indiferencia ante esta situación.

Colombia no es un paraíso, tiene el encanto que cada uno le da a los lugares que visita y en los que –en mi caso- es bien recibido. Colombia, con sus eternos vaivenes, entre crisis económicas; viendo pasar procesos de paz que no llegan ni a buenas intenciones, entre la pugna eterna entre un gobierno lleno de pillos y maleantes que visten traje y corbata y que dicen que se desviven por la nación; conviviendo con fantasmas reales y cuyos nombres son: narcos, guerrilleros, paracos y demás miembros de movimientos pseudo libertarios; llegó tarde, al igual que el resto de Latinoamérica y como dijo Octavio Paz, al banquete de la modernidad. Tal vez por eso y sirviendo de ejemplo para el resto, es que ha excluido sin misericordia a grandes masas de sus hijos, y a su vez, fabrica ilusiones, alegría y gente noble, porque eso, y al igual que en México, es lo que pasa en los países de segunda con gente de primera.